6.9 Qum – Qazvin

(08.06.1618 – 15.06.1618)


Caravasar en Qazvin (s. XIX)

Este dia, 8 del dicho mes, ya muy tarde salió el Embaxador de Cum, muy acompañado hasta buen trecho fuera de la ciudad, que entonces aun paresció mayor de lo que aquella mañana había parecido, y habiendo salido fuera de lo murado y más poblado de ella se llegó á una puente bien grande que había sobre el lecho y madre de un rio que entonces no llevaba agua, aunque parecía, sigún la hondura y anchura suya, que en tiempo de las lluvias, ó cuando las nieves se derriten al principio del verano, que llevaría en gran cantidad.
Yendo pasando la puente le mostró uno de los gobernadores al Embajador, á la mano izquierda de ella, junto á la ciudad, un muy sumptuoso edificio, que sigún se juzgaba desde allí, en ninguna parte de la Persia se había visto tan grande y soberbio, con muy altas cúpulas y alcoranes forrados con azulejos de varias colores. Decían estos persianos grandes cosas de la mucha riqueza suya y de los grandes milagros que cada día se veían, sanando infinidad de enfermos de varias enfermedades, todo lo cual sucedía por los méritos de aquella su gran santa de que ya habían hecho relación, y que aquella era su mezquita, junto y contiguo á la qual estaba el caravasar y hospital que ella había fabricado.
Con esto, habiéndose despedido los gobernadores, el Embajador pasó delante y á media legua de la ciudad, aunque mucha parte de lo andado eran arrabales, se llegó á una mezquita muy pequeña y medio derribada en que habitaba un dervis ó penitente sanctón, el cual, vista la gente, se dio con mucha priesa á sacar agua de un pozo muy profundo que estaba de la otra parte y muy junto al camino, debajo de un grande árbol. Y como entonces, aunque ya el sol puesto, hiciese calor grandísimo, y el agua estuviese tan honda, salía tan sumamente fría que casi no se dejaba beber, y el buen dervis, aunque él decía que por servir á Dios dando de beber á los pasajeros había escogido aquella vida, no solo recibía las limosnas que le daban todos, pero la pedía á quien no se la daba tan presto.

[A 9] Después de haber caminado gran parte de la noche con luna muy clara, aunque por tierra de azufre y salitre, se descubrió á la mano derecha un monte alto y redondo y que no estaba continuado con otros, sino solo y de por si, al qual siempre nos fuemos acercando más hasta emparejar con él, un cuarto de legua del camino por donde se caminaba. Habíanse ya comenzado á contar grandes cuentos de este monte por algunos armenios de los que servían al Embajador, y también por otros moros y persianos, y todos concordaban en que allí había grandes encantamentos de tiempos inmemoriales, de manera que nadie subia á él, aunque fuese á los más bajo de sus faldas, que jamás volviese á salir, porque ó se sumían hundiéndose la tierra para abajo con ellos, ó que morían de espanto mostrándoseles en él terribles y espantables visiones. Y como es cosa muy ordinaria dar los más crédito á semejantes fábulas, todos los criados del Embajador lo creyeron, mayormente siendo los que lo afirmauan tantos, y ansí como cosa maravillosa se lo fueron á decir algunos de los más curiosos al Embajador, que venía reposando en su litera. El cual, habiendo conocido el alboroto de todos, gustó mucho de su presta y simple credulidad y les dijo que en muchas partes del mundo había semejantes montes como aquel. Añadían los que contaban esta patraña que el monte se llamaba en lengua persiana Giafarabat, que quiere decir monte del diablo, y en esto, estando ya donde el camino se acercaba más á él, dos criados del Embajador que se tenían por los más valientes se apartaron con mucha priesa á querer reconocer el monte, pero como apenas, aunque fueran corriendo, pudiesen haber llegado á él, dieron luego la vuelta con harto miedo, diciendo que comenzando á subir, la tierra se les rendía y arruinaba para abajo, de manera que los cadallos no podían andar. En fin, esta escusa se les admitió por que no quedasen más corridos, pero todos muy persuadidos ser el monte encantado, para mayor comprobación de lo cual afirmaban, conforme á la relación de los armenios, moros y persianos, que siempre que lo miraban de lejos cuando iban caminando, se mostraba de diferente tamaño y forma, unas veces redondo, otras largo, otras más alto, ó más bajo, y esto era lo que más admiración les ponía. Y aunque el Embajador les decía que aquella diferencia era sigún los visos y perspectiva que hacía mirándolo de través cuando estaban más cerca de él, ó de más lejos después de haberle descubierto, y también cuando le dejaban atrás, no se podían persuadir á lo contrario de lo que el temor que generalmente habían una vez concibido les persuadía, no bastando quererles el Embajador sacar de aquel engaño, aunque al principio gustaba de verlos metidos en él, con decirles que la calidad de la tierra floja y esponjosa de aquel monle, sin duda era por el mucho azufre que en el había, habiéndose quemado algunas veces, como ha sucedido muchas veces en las marinas de Napóles y Sicilia y en las islas cercanas á ellas. Con la conversación referida y diciéndose muchos cuentos á este proposito, de aparencias y visiones nocturnas, se llegó á un caravasar que tiene el nombre del monte ya dicho, poco antes de amanecer, adonde todo el día siguiente se pasó con terrible calor y poca comodidad de todos.
A la tarde llegó un persiano á caballo, con algunas cargas de fruta, á visitar al Embajador de parte del gobernador de Saba, que estaba cinco leguas de allí, pidiéndole lo mismo que en las otras ciudades sobre querer entrar de día, y estando sobre el terrado del caravasar, por haberse agasajado el Embaxador en un aposentillo que arriba había, se quiso informar de este persiano, como vecino y prático de esta tierra, de la calidad del monte referido, que entonces tenian á vista á poco más de una legua. Y el dijo que era opinión muy recibida en el vulgo de que era encantado, y llamarse por esto monte del diablo, pero que la verdadera humear muy de ordinario aunque sin levantar llama, y que por esto la tierra en algunas partes estaba quemada y hecha ceniza, de manera que los que acertaban á pasar por allí atollaban como en camino pantanoso. Y que en lo más alto de él había una laguna de poco fondo, de agua salada, que se secaba en el estío y allí quedaba sal de que se proveían los lugares comarcanos, subiendo arriba por veredas que tenían sabidas, adonde había suelo firme, y que cerca y al derredor de la laguna era adonde salía más humo y donde la tierra estaba más quemada.
A 9, salió el Embajador del caravasar de Giafarabat, acompañándole el persiano de Saba, y no siendo grandes aquellas cinco leguas llegaron una legua de la ciudad, dos horas antes que amaneciese, á una mezquita medio caída, alrededor de la cual había algunos árboles, y allí dijo el persiano que podía descansar un rato el Embajador en tanto que él llegaba á Saba á dar aviso de su venida, y que después que fuese de día volveria delante de los que saliesen á recibirle.

[A 10] Con esto el Embajador y parte de sus criados, caminando adelante los demás con la caravana, se apearon y entraron en la huerta ó patio de la mezquita para dormir el resto de la noche. Pero fue luego tan infínita la multitud de aquellos invisibles mosquitos, la que acometió á todos, que los de la huerta antes de llegar á Caxen fueron moderados y comedidos entonces, á respecto del mucho rigor y cruel encendimiento de estos de ahora, aunque todos de una misma calidad. El Embajador, á quien habían puesto unas almohadas sobre un tapete, debajo de uno de aquellos infernales árboles, oyendo el gran rumor de todos quejándose y lamentándose, se levantó sin poderlo sufrir, haciéndo los demás lo mismo por no ser acometidos cuando andaban en pie como cuando estaban acostados, siendo cosa notable que entre tantos ninguno pudiese topar ni percibir con el tacto, por mucho que lo procurasen, ni un mínimo átomo de aquellos. Y ansí se acabó de gastar el resto de la noche, que hacía muy clara, hasta que amaneció, paseándose por aquel campo.
Luego que fue de día se puso el Embajador á caballo, y á la mitad del camino, media legua de la ciudad, topó al gobernador y algunos soldados, muy lucidos y en buenos caballos, con cantidad de gente, más de lo que prometía la poca población que se comenzó á descubrir.
Era todo aquel llano, aunque ya seco el suelo por muchas partes, paludoso y alagadizo, con grandes costras de salitre por la haz de encima, cubriéndose en el tiempo de las lluvias de agua, de manera que quedaba hecho un lago, y para desaguarse había muchos canales con puentecillas que cortaban muchas veces el mismo camino.
Entre la gente que allí salió llegaron dos muy graves y autorizados negros, en muy buenos caballos con las guarniciones y sillas de plata, y ellos suntuosamente vestidos, con penacheras de oro en los turbantes, y en ellas grandes mazos de martinetes; las cimitarras y puñales con guarniciones de oro y mazas de hierro doradas en los arzones. Y después de haber hablado al Embajador haciendo grandes ofrecimientos como hombres discretos y bien entendidos, dijo el gobernador como eran dos de los más principales soldados que el rey tenía, y que desde la rebelion del Baxá de Alepo se habían pasado del servicio del turco, al suyo. El uno de ellos era de la misma facción, de nariсes anchas y bezos gruesos que los negros de la Occidental Ethiopia, ó Guinea, como vulgarmente se dice, que en España tan ordinariamente se conocen, y de aquel mismo color. El otro era menos atezado y de menos gruesas facciones, aunque ambos igualmente con el cabello retorcido, y de hasta cuarenta años á lo que parecían. Y habiendo dicho antes que eran abisinos y que los habían traído al Cairo de poca edad, y no pareciéndolo en el cabello, ni facciones, les preguntó el Embaxador por su intérprete, hablando ellos muy bien turquesco, si eran del reyno de Borno ó del de Nubia, que oyéndolo ellos, muy contentos repitieron los mismos nombres, señalando el más negro que él era de Borno, y su compañero de Nubia, siendo cosa muy ordinaria traer los mercaderes muchos de estos esclavos al Cairo, en las caravanas que van y vienen de estas provincias de la Aethiopia más cercana á Aegipto.
Por ser esta сiudad pequeña y de malas casas, que todas no llegan á seisсientas, posó el Embajador fuera de ella en una huerta del Soltan de Xiras, adonde había dos ó tres aposentos; allí se despidieron los dos soldados aetiopes con muchos ofrecimientos de cortesía, diciendo que luego aquel día se partían al exercito, parecíendo en todo mucho más políticos y prácticos que la gente de Persia, está Saba en 33 grados y 18 minutos.
A 10, cuando quería anochecer salió el Embajador de Saba, y por no ser buen camino gastó toda la noche hasta que fue de día en caminar cínco grandes leguas, y en llegar á Dung, que no es más de un caravasar, aunque grande, muy viejo y en partes arruinado, de donde envió un gentil hombre suyo á Casbin, que no está de allí más de tres jornadas, á dar aviso al rey de su venida, habiendolo él antes mandado ansí.

A 11, con más de una hora de sol, se salió de este caravasar, y aunque se caminó toda la noche á buen paso y hasta una hora después de haber salido, no se pudo llegar antes á un aldea adonde se había de parar, que se llamaba Arazangue, siendo nueve leguas de jornada.
Aquí tuvo el Embajador una razonable posada en que había una numerosa familia de un pobre hombre con otros tres hijos casados, con quien muy justamente se usó de la misma liberalidad que en otras partes.

A 12, por ser la jornada de ocho leguas se salió de este lugar á la hora que el día de antes, y cuando salía el sol llegó el Embajador á Monbara, otra aldea, adonde también tuvo razonable posada, y aunque en ella había malísima y pestilencial agua se halló el mejor carnero y de más sabroso y delicado gusto que se había comido en otra ninguna parte hasta aquí y que se podía igualar con el mejor que hay en España.

[A 13] Treсe, el día siguiente, habiendo parado en el dicho lugar.

[A 14] Poco después de haber amanecido, el partió de aquí, no habiendo de caminarse más de dos leguas no grandes, y ansí se llegó con poco sola Pole Sofian, una pequeña aldea dos leguas de Casbin, por aguardar allí la orden que el rey daba en su entrada en la ciudad. Esta aldea y las dos de atrás no tenían las cubiertas y techos de las casas, llanos, como los demás lugares de la Persia y de lo que de Media se había andado, sino de la misma forma que las capillas de los hornos que comunmente hay en España, y ansí tienen una estraña figura, pareciendo las casas de estos lugares otras tantas cabañas ó tiendas de aduares de arabes.
A la tarde llegó el criado que el Embajador envió á Casbin, con un criado del Deroga ó gobernador de la ciudad, con algunas cargas de fruta y nieve, enviando el rey orden para que á las siete ó las ocho de la mañana el Embajador entrase en Casbin.

A 15 de Junio se partió de día bien claro de la dicha aldea el Embajador con los más de sus criados, habiendo enviado delante los otros con su recamara y presente que desde España se traía al rey, y demás que todos sus criados iban lucidos y bien aderezados de vestidos y penachos de varias colores, por lo que tocaba á la dignidad y honra de la Embajada, también él fue con hábito diferente de lo que su edad y gusto pedía.
A la mitad del camino se descubrió una muy vistosa y lucida tropa de caballos, en que venía Daur Cham, hijo de Alaverdecam y hermano de Emancolicam, Soltan de Xiras, que por mandado del rey venía con otros muchos hombres principales á recibir y acompañar al Embajador. Llegando cerca se adelantaron de los demás el gobernador de la ciudad y Usenbec, aposentador mayor, muy acept y favorido del rey, y que tenía orden de aposentar y regalar al Embajador, y ansí le tenía ya aprestada la mayor y mejor casa que en Casbin había, que era la del factor general del mismo rey. Después de haber hablado estos y hecho grandes ofrecimientos, hizo lo mismo Daur Cham y se puso al lado izquierdo del Embajador, caminando los demás delante, muchos de ellos con aljubas de telas de oro, y en las guarniciones de las cimitarras y puñales, que eran de oro, adornadas de muchos rubíes, turquesas y esmeraldas; en las penacheras, que eran de lo mismo, traían grandes mazos de muy hermosos martinetes de Moscovia y Tartaria. Daur Cham, demás de lo dicho, venía sin comparación más rica y soberbiamente aderezado con mucha cantidad de las dichas piedras en el turbante, el cual dijo de parte del rey que enviaba á recibir al Embajador con los principales solamente que tenía cerca de su persona, por estar los demás en el ejercito.
No se atreviá á salir el mucho número del vulgo que en las otras ciudades, por tener puesta pena de muerte y publicada á quien quiera que saliese, sino fue esta hermosa tropa de caballos que serían pocos más ó menos de doscientos; y ansí se entró en la ciudad, que aunque es tan principal y grande que después que los turcos se comenzaron á enseñorear de parte de la Media, saqueando la opulentísima ciudad de Tabris, los reyes de Persia la tuvieron por su principal residencia y corte, no tiene muralla alguna y con las mismas ruinas y poco aparentes casas que Spahan y Xiras.
Luego, á la mano izquierda, como se entra en ella, hay una gran mezquita; la cúpula, que es muy alta, cubíerta de azulejos, y por ser la de más dignidad de todas las otras que en la ciudad hay, tiene allí cerca su casa el Alfaqui, ó Said mayor, que llaman Muphri, y es un venerable árabe y muy viejo, de la casta y generación de Mahamet, y porque luego á menos de cien pasos estaba la casa en que había de posar el Embajador, despidiéndose de los que le habían acompañado se apeó y entró en ella.

(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo III, pp. 72 – 81)

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